“Me vine a San Simón en busca de trabajo por el desarrollo”

Tenía 24 años cuando dejó su natal El Rosario y se fue a San Simón, ambos de Morazán. Se casó y comenzó a trabajar la tierra para sacar adelante a su familia. Pocos años después el panorama dio un giro violento

Originario de El Rosario, Morazán, llegó a San Simón en 1975. Su propósito era trabajar en la tierra para sacar adelante a su recién formada familia. Se esforzó por conseguirlo pese a las adversidades.
Originario de El Rosario, Morazán, llegó a San Simón en 1975. Su propósito era trabajar en la tierra para sacar adelante a su recién formada familia. Se esforzó por conseguirlo pese a las adversidades.

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    Enrique Maldonado

    Ene 08, 2017- 12:00

    Lorenzo Antonio Martínez sabía muy bien qué hacer para no ser el blanco de los disparos en medio de la noche. Sabía asimismo cómo resguardarse en caso de quedar atrapado en un enfrentamiento entre soldados y guerrilleros. La oscuridad era la guardiana de él y su familia al ponerse el sol en su casa del cantón El Potrero de San Simón, al norte de Morazán. Adentro de su vivienda había iluminación. Afuera era otra cosa, incluso en el solar de la propiedad.

    “Uno a las 6:00 de la tarde ya no podía andar con luz afuera de la casa. Era terrible, porque si no era un bando, era otro, a la luz le disparaban”. Usar, por ejemplo, una lámpara de mano para alumbrar por donde se caminaba era como una invitación a apretar el gatillo para un francotirador o combatiente despistados.

    De día la historia era distinta, pero la incertidumbre la misma ya que de un momento a otro se producían los enfrentamientos y la gente buscaba cómo protegerse. “Yo quedé en (medio de) balaceras pero ya nos habían advertido (qué hacer) tanto la guerrilla como el ejército: quedarse quieto”.

    El amor lo llevó a San Simón, Morazán, en 1975. Tenía 24 años cuando se casó con una cipota del cantón El Potrero de ese municipio. Joven y con muchas ganas de trabajar, por desarrollarse, se embarcó en la aventura del matrimonio. En poco tiempo todo dio un giro de 180 grados y la lucha era otra: proteger a su familia y buscar la manera de continuar trabajando para conseguirlo. El conflicto armado truncó lo poco que había conseguido.

    Lorenzo Antonio Martínez también estaba enamorado de la tierra y ese era su afán: sembrar, cosechar, guardar… y volver a empezar ese ciclo productivo. Había aprendido que, como buen campesino, debía guardar “para más adelante”, para ese próximo cultivo que representa el sostén diario de la persona y su familia.

    La guerra echó abajo todos esos sueños de un día para otro. Le tocó enfrentar las consecuencias de una lucha que le era ajena. Le destruyó todo lo que había logrado. Lo peor es que fue conminado a dejar el municipio, pues nadie —ni la tropa ni los guerrilleros— le garantizaba que podía continuar trabajando la tierra. Menos sus vidas.

    A inicios de los años 80, en una incursión militar les dijeron que debían irse con lo que pudieran cargar. “Nos dijeron que nos saliéramos (del cantón). Allí quedó abandonado todo el capital que teníamos para el sustento”, recuerda.

    “Agarramos los niños y nos fuimos a Gualococti, sin saber a qué íbamos a llegar, quién nos iba a dar posada”, continúa.

    En el poblado vecino les dieron posada, pero solo permanecieron allí durante cuatro meses, ya que “no se aguantaba no trabajar y uno sin nada”.

    Y como había sucedido antes, fueron los militares quienes les dijeron que podían regresar, si no tenían problemas con nadie ni con la guerrilla.

    A pesar de que volvieron a su casa, asegura que fueron tiempos difíciles. De día y de noche.

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